Algo de economía política
Para un espectador de la avanzada sociedad europea, no dejará de ser una contradicción que el enorme desarrollo científico y tecnológico conseguido en los últimos tiempos conviva con la miseria de millones de seres humanos que subsisten entre guerras o al borde del hambre.
A poco que se analicen las causas con ánimo de encontrar la verdad, bajo los conflictos e injusticias instalados en esas desgraciadas regiones se revela una trama de intereses de naciones poderosas que, actuando al servicio de sus corporaciones y con la complicidad de su próspera población, se han beneficiado por activa o por pasiva de la trágica situación. La Historia de los últimos siglos -clave para comprender el infierno actual en aquellos territorios- es testimonio de la codicia de las potencias por sus recursos naturales. Intereses geoestratégicos del Imperio, extienden todavía su dominio allá donde le convenga para asegurarse el suministro energético alimentando el conflicto y favoreciendo de paso a su industria de armamento.
El tesoro acumulado por el conocimiento humano da diversas respuestas a las preguntas que podamos hacernos acerca de este estado de cosas, preñadas de la ideología de quien se pronuncie.
Se han llenado estanterías de libros con las interpretaciones que explican y justifican el funcionamiento de la Economía a través del mecanismo de la libre concurrencia de los individuos a un mercado que, de forma automática y a los impulsos de la oferta y la demanda, establece el precio de intercambio de los productos, entre ellos el salario. Eminentes pensadores han tratado sobre cómo el mercado, de manera similar a un hormiguero, de forma anárquica y caótica ha permitido el vigoroso desarrollo de la sociedad hasta nuestros días.
En otro orden de ideas, algunas escuelas del pensamiento económico propusieron posturas conciliadoras ante evidentes injusticias del mecanismo de mercado, mediante la intervención del Estado en la economía para lograr un algo más justo reparto del pastel.
Otros sin embargo consideraron que el capitalismo, sistema económico que rige los destinos del mundo durante los últimos siglos, es el resultado de la Historia de los hombres en sus relaciones de supervivencia. A partir del momento en que la primitiva población fue capaz de producir por encima de sus necesidades elementales y una parte de la misma se apropió del excedente, surgió la propiedad privada y la voluntad de defenderla mediante un aparato coactivo que se llama Estado y está al servicio de la clase dominante. En lo sucesivo, la mayoría de la humanidad prestó su fuerza de trabajo a la minoría de propietarios de los medios de producción (tierra y capital) a cambio del salario, perpetuando el mecanismo de explotación. En esa línea de pensamiento, el motor de la Historia ha sido la lucha de la clase explotada, para liberarse de ese destino, contra la clase dominante que pretende hacer fracasar esa rebelión.
El marxismo vaticina el fin del capitalismo mediante la revolución socialista que impondrá un sistema económico el cual, eliminando la propiedad privada de los medios de producción y planificando la producción de acuerdo con los intereses de la clase trabajadora, conseguirá la disolución de la sociedad clasista y del Estado dando paso a una sociedad sin desigualdades materiales que elevará la calidad de vida de la humanidad. Marx dio por supuesto que el punto de partida de un movimiento en dirección al socialismo sería un alto nivel de vida. Sólo satisfaciendo completamente las aspiraciones materiales de los hombres será posible llegar a un nivel en que esas aspiraciones dejen de dominar las vidas y pensamientos de las personas, preparando el camino para un estadio cualitativamente superior de civilización humana. Mientras exista la escasez, y con ella la lucha humillante por las cosas materiales, nunca se podrán superar la barbarie clasista y todos los males que la acompañan.
Para lograr el triunfo de la revolución se hacen necesarias varias condiciones: la dirección del movimiento obrero por un partido revolucionario, un cierto desarrollo de las fuerzas productivas -concepto que hoy podríamos traducir por desarrollo tecnológico y de la conciencia obrera- que permita la abundancia de bienes materiales, y finalmente el accidente de una crisis capitalista. La crisis es el momento de la vida social en que un acontecimiento de tipo económico, político, social o internacional provoca un desequilibrio agudo en el funcionamiento de la sociedad y disloca temporalmente las instituciones del Estado. La única experiencia histórica, la Revolución bolchevique que en 1.917 edificó la URSS y la elevó a nivel de superpotencia a partir de una Rusia atrasada y pobre, fue liquidada en la última década del pasado siglo como consecuencia de la corrupción del aparato burocrático creado por Stalin, cuyas secuelas malograron la oportunidad del socialismo.
El capitalismo moderno ha aprendido a controlar las crisis de la economía eliminando episodios de depresión y paro masivo, gracias en parte a la introducción de mecanismos reguladores de política monetaria y fiscal a través del Estado -consecuentes con la doctrina de pensamiento económico más intervencionista- así como mediante la imposición de políticas genuinamente liberales de flexibilización del mercado laboral. Y es que, con apariencias democráticas, las organizaciones políticas de la izquierda oficial y las sindicales actúan ahora dentro del orden del sistema, motivadas suficientemente para que su labor se realice por el perfeccionamiento y no el rechazo al mismo. Esto origina un agotamiento del contenido de sus funciones hasta convertir a sus líderes en funcionarios de la situación y provocar, en consecuencia, el desinterés de los ciudadanos por la política.
Añadamos a esto que el llamado cuarto poder -los medios de comunicación y la Prensa- se ha convertido en el segundo bajo el mecenazgo del verdadero Poder, el económico del que, en una cómica pirueta que escandalizaría a Montesquieu, se sustentan los demás, Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
El capitalismo moderno también ha sabido modelar el comportamiento de la población transformándola en fervorosa consumidora de la creciente producción que impulsa al sistema. A través de poderosos medios de comunicación o por la acción de la diferenciación social, se transmiten constantemente mensajes de estímulo al consumo. El individuo alienado por una actividad laboral frustrante, tiene como principal motivación para reafirmar su personalidad el gastar sus ingresos en bienes de consumo cada día más numerosos que una industria de la provocación presenta como imprescindibles. La adicción a ese consumo alcanza en ocasiones extremos de tanta irresponsabilidad como las del alcohol y el tabaco, tan denostados en el momento presente. El fenómeno se inserta en una especie de carrera generalizada tras un nivel de vida cada vez mayor que, a modo de zanahoria y propiciando la competición y la insolidaridad entre los individuos, oculta el verdadero sentido de la vida en sociedad. Las consecuencias medioambientales de éste modelo de producción dieron señal de alarma en el protocolo de Kioto, pero la propia dinámica del sistema le impide frenar su comportamiento suicida.
Precisamente ahora que el poder de los grandes bancos y compañías multinacionales es más grande que nunca, que el triunfo de la globalización se anuncia como la victoria final de la economía de mercado, se dan las condiciones objetivas previstas por el marxismo para la revolución socialista. El desarrollo de las fuerzas productivas ofrece la posibilidad de crear un mundo de abundancia inimaginable y la crisis del capitalismo se presiente en muchos aspectos de la vida, no solamente como fenómeno económico que subyace en el auge de movimientos especulativos ajenos a la economía real, sino como sensación entre los ciudadanos que se lamentan habitualmente de la desintegración de la moral y la cultura burguesa por sucesos tan habituales como la corrupción, la injusticia, la violencia e incluso la desmembración familiar.
El ingrediente que falta para la receta de Marx es que, a pesar de todos los mecanismos de control instalados en el sistema, una parte cada vez mayor de la población ponga en cuestión la “democracia” burguesa y comience a pensar, a expresarse y a actuar al margen de los cauces reglamentados, sea consciente de la alienación a que les conduce el afán desmedido por ese consumismo alejado de sus propios intereses y se plantee la necesidad de crear una nueva organización social y que, finalmente, un partido revolucionario sepa conducirla.
La crisis que se vislumbra con más intensidad en estos primeros años del siglo XXI proviene del enfrentamiento entre el mundo occidental y los pueblos del Islam. Un acontecimiento que provoque un desequilibrio en el funcionamiento corriente de la sociedad y ponga a las instituciones en la incapacidad temporal de restablecer el equilibrio, puede ser la ocasión para validar la consistencia de la lección marxista.
Para un espectador de la avanzada sociedad europea, no dejará de ser una contradicción que el enorme desarrollo científico y tecnológico conseguido en los últimos tiempos conviva con la miseria de millones de seres humanos que subsisten entre guerras o al borde del hambre.
A poco que se analicen las causas con ánimo de encontrar la verdad, bajo los conflictos e injusticias instalados en esas desgraciadas regiones se revela una trama de intereses de naciones poderosas que, actuando al servicio de sus corporaciones y con la complicidad de su próspera población, se han beneficiado por activa o por pasiva de la trágica situación. La Historia de los últimos siglos -clave para comprender el infierno actual en aquellos territorios- es testimonio de la codicia de las potencias por sus recursos naturales. Intereses geoestratégicos del Imperio, extienden todavía su dominio allá donde le convenga para asegurarse el suministro energético alimentando el conflicto y favoreciendo de paso a su industria de armamento.
El tesoro acumulado por el conocimiento humano da diversas respuestas a las preguntas que podamos hacernos acerca de este estado de cosas, preñadas de la ideología de quien se pronuncie.
Se han llenado estanterías de libros con las interpretaciones que explican y justifican el funcionamiento de la Economía a través del mecanismo de la libre concurrencia de los individuos a un mercado que, de forma automática y a los impulsos de la oferta y la demanda, establece el precio de intercambio de los productos, entre ellos el salario. Eminentes pensadores han tratado sobre cómo el mercado, de manera similar a un hormiguero, de forma anárquica y caótica ha permitido el vigoroso desarrollo de la sociedad hasta nuestros días.
En otro orden de ideas, algunas escuelas del pensamiento económico propusieron posturas conciliadoras ante evidentes injusticias del mecanismo de mercado, mediante la intervención del Estado en la economía para lograr un algo más justo reparto del pastel.
Otros sin embargo consideraron que el capitalismo, sistema económico que rige los destinos del mundo durante los últimos siglos, es el resultado de la Historia de los hombres en sus relaciones de supervivencia. A partir del momento en que la primitiva población fue capaz de producir por encima de sus necesidades elementales y una parte de la misma se apropió del excedente, surgió la propiedad privada y la voluntad de defenderla mediante un aparato coactivo que se llama Estado y está al servicio de la clase dominante. En lo sucesivo, la mayoría de la humanidad prestó su fuerza de trabajo a la minoría de propietarios de los medios de producción (tierra y capital) a cambio del salario, perpetuando el mecanismo de explotación. En esa línea de pensamiento, el motor de la Historia ha sido la lucha de la clase explotada, para liberarse de ese destino, contra la clase dominante que pretende hacer fracasar esa rebelión.
El marxismo vaticina el fin del capitalismo mediante la revolución socialista que impondrá un sistema económico el cual, eliminando la propiedad privada de los medios de producción y planificando la producción de acuerdo con los intereses de la clase trabajadora, conseguirá la disolución de la sociedad clasista y del Estado dando paso a una sociedad sin desigualdades materiales que elevará la calidad de vida de la humanidad. Marx dio por supuesto que el punto de partida de un movimiento en dirección al socialismo sería un alto nivel de vida. Sólo satisfaciendo completamente las aspiraciones materiales de los hombres será posible llegar a un nivel en que esas aspiraciones dejen de dominar las vidas y pensamientos de las personas, preparando el camino para un estadio cualitativamente superior de civilización humana. Mientras exista la escasez, y con ella la lucha humillante por las cosas materiales, nunca se podrán superar la barbarie clasista y todos los males que la acompañan.
Para lograr el triunfo de la revolución se hacen necesarias varias condiciones: la dirección del movimiento obrero por un partido revolucionario, un cierto desarrollo de las fuerzas productivas -concepto que hoy podríamos traducir por desarrollo tecnológico y de la conciencia obrera- que permita la abundancia de bienes materiales, y finalmente el accidente de una crisis capitalista. La crisis es el momento de la vida social en que un acontecimiento de tipo económico, político, social o internacional provoca un desequilibrio agudo en el funcionamiento de la sociedad y disloca temporalmente las instituciones del Estado. La única experiencia histórica, la Revolución bolchevique que en 1.917 edificó la URSS y la elevó a nivel de superpotencia a partir de una Rusia atrasada y pobre, fue liquidada en la última década del pasado siglo como consecuencia de la corrupción del aparato burocrático creado por Stalin, cuyas secuelas malograron la oportunidad del socialismo.
El capitalismo moderno ha aprendido a controlar las crisis de la economía eliminando episodios de depresión y paro masivo, gracias en parte a la introducción de mecanismos reguladores de política monetaria y fiscal a través del Estado -consecuentes con la doctrina de pensamiento económico más intervencionista- así como mediante la imposición de políticas genuinamente liberales de flexibilización del mercado laboral. Y es que, con apariencias democráticas, las organizaciones políticas de la izquierda oficial y las sindicales actúan ahora dentro del orden del sistema, motivadas suficientemente para que su labor se realice por el perfeccionamiento y no el rechazo al mismo. Esto origina un agotamiento del contenido de sus funciones hasta convertir a sus líderes en funcionarios de la situación y provocar, en consecuencia, el desinterés de los ciudadanos por la política.
Añadamos a esto que el llamado cuarto poder -los medios de comunicación y la Prensa- se ha convertido en el segundo bajo el mecenazgo del verdadero Poder, el económico del que, en una cómica pirueta que escandalizaría a Montesquieu, se sustentan los demás, Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
El capitalismo moderno también ha sabido modelar el comportamiento de la población transformándola en fervorosa consumidora de la creciente producción que impulsa al sistema. A través de poderosos medios de comunicación o por la acción de la diferenciación social, se transmiten constantemente mensajes de estímulo al consumo. El individuo alienado por una actividad laboral frustrante, tiene como principal motivación para reafirmar su personalidad el gastar sus ingresos en bienes de consumo cada día más numerosos que una industria de la provocación presenta como imprescindibles. La adicción a ese consumo alcanza en ocasiones extremos de tanta irresponsabilidad como las del alcohol y el tabaco, tan denostados en el momento presente. El fenómeno se inserta en una especie de carrera generalizada tras un nivel de vida cada vez mayor que, a modo de zanahoria y propiciando la competición y la insolidaridad entre los individuos, oculta el verdadero sentido de la vida en sociedad. Las consecuencias medioambientales de éste modelo de producción dieron señal de alarma en el protocolo de Kioto, pero la propia dinámica del sistema le impide frenar su comportamiento suicida.
Precisamente ahora que el poder de los grandes bancos y compañías multinacionales es más grande que nunca, que el triunfo de la globalización se anuncia como la victoria final de la economía de mercado, se dan las condiciones objetivas previstas por el marxismo para la revolución socialista. El desarrollo de las fuerzas productivas ofrece la posibilidad de crear un mundo de abundancia inimaginable y la crisis del capitalismo se presiente en muchos aspectos de la vida, no solamente como fenómeno económico que subyace en el auge de movimientos especulativos ajenos a la economía real, sino como sensación entre los ciudadanos que se lamentan habitualmente de la desintegración de la moral y la cultura burguesa por sucesos tan habituales como la corrupción, la injusticia, la violencia e incluso la desmembración familiar.
El ingrediente que falta para la receta de Marx es que, a pesar de todos los mecanismos de control instalados en el sistema, una parte cada vez mayor de la población ponga en cuestión la “democracia” burguesa y comience a pensar, a expresarse y a actuar al margen de los cauces reglamentados, sea consciente de la alienación a que les conduce el afán desmedido por ese consumismo alejado de sus propios intereses y se plantee la necesidad de crear una nueva organización social y que, finalmente, un partido revolucionario sepa conducirla.
La crisis que se vislumbra con más intensidad en estos primeros años del siglo XXI proviene del enfrentamiento entre el mundo occidental y los pueblos del Islam. Un acontecimiento que provoque un desequilibrio en el funcionamiento corriente de la sociedad y ponga a las instituciones en la incapacidad temporal de restablecer el equilibrio, puede ser la ocasión para validar la consistencia de la lección marxista.
