Neoliberalismo
Las teorías que prosperan en ámbitos académicos pasan a la acción en forma de política gubernamental si la clase dominante percibe que satisfacen sus necesidades e intereses y resuelven los problemas del capitalismo en un momento histórico determinado. Las teorías económicas entrañan la dificultad de aplicarles el método empírico de forma inmediata pues sus procesos son complejos y dilatados en el tiempo. Si superan la prueba, arraigan como ideología y penetran en el cuerpo social.
Friedrich A. Hayek -considerado el inspirador de la doctrina neoliberal- ve publicado su libro “Camino de servidumbre” (1.944) en pleno apogeo de la política de intervencionismo de guerra, con el cual critica a la escuela de pensamiento partidaria de la planificación económica. Era un ataque directo al socialismo pero también al espíritu intervencionista del Estado en la sociedad capitalista que impregnaba la doctrina keynesiana.
Su tesis, sustentada en los valores supremos del individualismo y la libertad, es que la planificación económica conduce necesariamente hacia la pérdida de las libertades individuales y al totalitarismo, porque si la planificación intenta conseguir un supuesto “bien común” y organiza consecuentemente los recursos de la nación, los individuos se transforman en siervos del colectivo. Sin el mecanismo espontáneo del mercado que regule los precios, la planificación económica queda ciega para asignar los recursos. Sin el incentivo de apropiación que permite la propiedad privada, el individuo no desarrolla su creatividad que es el motor del desarrollo científico y tecnológico. Sin esa libertad, no es posible ejercer la libertad política. Además, la planificación exige dirigentes que impongan coactivamente los fines del colectivo sobre los del individuo, lo cual entraña que sólo los más perversos elementos de la sociedad accederán a la cumbre del poder (debía estar pensando en Stalin y Hitler).
La propuesta de Hayek se denomina “Estado liberal de derecho”, basado en un orden espontáneo del mercado en régimen de libre competencia y que consagra la propiedad privada. Sin embargo, no quiere que se confunda su oposición a la planificación con una dogmática actitud de laissez faire, por lo que requiere de ese Estado una estructura legal cuidadosamente pensada para que la competencia actúe.
Hayek impartió clases y escribió su más elaborado tratado “La Constitución de la libertad” (1.960) en la Universidad de Chicago, ciudad con una atávica tradición en resolver los conflictos entre sus clanes sin excesivos escrúpulos, y fue allí donde encontró a su mejor discípulo, Milton Friedman.
En 1.974 Hayek recibe el galardón de Nobel de Economía, cuando el instinto de conservación del capitalismo buscaba una solución a la crisis económica que estaba dando la vuelta a la “curva de Phillips” -con más inflación que paro- y asistía a la crisis política producida por la penosa situación de Richard Nixon en el escándalo Watergate y la de sus “marines” en Vietnam. Todavía la siguiente administración de Gerald Ford, asesorada por Alan Greenspan, no percibiendo que se trataba de una grave crisis, aplicó una política económica de stop and go -claramente electoralista- que ocasionó las tasas más bajas de PIB y productividad así como las más altas de inflación, desempleo y déficit desde la posguerra.
Finalmente, la clase dominante entendió que esta crisis del capitalismo era estructural y necesitaba reformas de fondo; salvar el sistema no sólo con medidas monetaristas típicas de la escuela de Chicago -que se introdujeron durante el siguiente mandato de Jimmy Carter (1.977/1.980)- ni tan siquiera complementada con la experiencia macroeconómica heredada de Keynes, sino mediante una “revolución silenciosa” en la estructura capitalista mundial. Esto suponía sostener una batalla con muchos frentes por todo el mundo y era precisa la colaboración de sus aliados.
Para insertar flexibilidad en el mercado laboral había que modificar enraizadas instituciones que habían creado un clima de confianza y bienestar social, particularmente en la vieja Europa (estabilidad en el empleo, poder sindical en los convenios colectivos, derechos adquiridos) y derribar conceptos asentados en la mentalidad de la gente (contrato indefinido, arraigo en el puesto de trabajo). Era necesario introducir precariedad, deslocalización de empresas e incertidumbre para disponer de un amplio ejercito laboral de reserva. Se consideró también necesaria la privatización del sector industrial en manos del Estado y su gestión por la iniciativa privada con similares objetivos. La instalación de nuevos oligopolios en Servicios y Distribución Comercial arrasaría con los pequeños empresarios, los cuales pasarían a engrosar la reserva laboral. En este ambiente, el sector financiero se constituiría en socio principal de la economía diseñada y, beneficiario del libre movimiento de capitales, podría convertirse en vehículo de expansión de la influencia capitalista.
Con la complicidad de la mayoría de partidos políticos, sindicatos, medios de comunicación y algunos estratos de población que ascenderían en la pirámide social, el proyecto neoliberal resulta vencedor. Los conceptos patrocinados -individualismo y competitividad- forjarán la ideología de los hijos de la antigua clase obrera europea. Una vez más, la infraestructura económica determina la superestructura ideológica e institucional.
Pero el resultado también desata a la bestia humana en su codicia e irresponsabilidad social; en esa libertad todo vale. Las leyes, normas y reglamentos no dan abasto para detener la corrupción que se instala en diferentes niveles del Estado, en la sociedad civil y empresarial, en el “casino” bursátil. El modelo de producción sustentado en el consumismo y el despilfarro presenta su factura medioambiental en Kioto, pero la propia dinámica del sistema le impide contener su comportamiento suicida.
El sistema capitalista continúa desarrollando las fuerzas productivas hasta que éstas entren en contradicción con las relaciones sociales de producción, punto en el que necesitará salir adelante con nuevas doctrinas. Salvo que una catástrofe global lo impida.
(Unidad Cívica por la República, 20 de Octubre de 2.006)
Las teorías que prosperan en ámbitos académicos pasan a la acción en forma de política gubernamental si la clase dominante percibe que satisfacen sus necesidades e intereses y resuelven los problemas del capitalismo en un momento histórico determinado. Las teorías económicas entrañan la dificultad de aplicarles el método empírico de forma inmediata pues sus procesos son complejos y dilatados en el tiempo. Si superan la prueba, arraigan como ideología y penetran en el cuerpo social.
Friedrich A. Hayek -considerado el inspirador de la doctrina neoliberal- ve publicado su libro “Camino de servidumbre” (1.944) en pleno apogeo de la política de intervencionismo de guerra, con el cual critica a la escuela de pensamiento partidaria de la planificación económica. Era un ataque directo al socialismo pero también al espíritu intervencionista del Estado en la sociedad capitalista que impregnaba la doctrina keynesiana.
Su tesis, sustentada en los valores supremos del individualismo y la libertad, es que la planificación económica conduce necesariamente hacia la pérdida de las libertades individuales y al totalitarismo, porque si la planificación intenta conseguir un supuesto “bien común” y organiza consecuentemente los recursos de la nación, los individuos se transforman en siervos del colectivo. Sin el mecanismo espontáneo del mercado que regule los precios, la planificación económica queda ciega para asignar los recursos. Sin el incentivo de apropiación que permite la propiedad privada, el individuo no desarrolla su creatividad que es el motor del desarrollo científico y tecnológico. Sin esa libertad, no es posible ejercer la libertad política. Además, la planificación exige dirigentes que impongan coactivamente los fines del colectivo sobre los del individuo, lo cual entraña que sólo los más perversos elementos de la sociedad accederán a la cumbre del poder (debía estar pensando en Stalin y Hitler).
La propuesta de Hayek se denomina “Estado liberal de derecho”, basado en un orden espontáneo del mercado en régimen de libre competencia y que consagra la propiedad privada. Sin embargo, no quiere que se confunda su oposición a la planificación con una dogmática actitud de laissez faire, por lo que requiere de ese Estado una estructura legal cuidadosamente pensada para que la competencia actúe.
Hayek impartió clases y escribió su más elaborado tratado “La Constitución de la libertad” (1.960) en la Universidad de Chicago, ciudad con una atávica tradición en resolver los conflictos entre sus clanes sin excesivos escrúpulos, y fue allí donde encontró a su mejor discípulo, Milton Friedman.
En 1.974 Hayek recibe el galardón de Nobel de Economía, cuando el instinto de conservación del capitalismo buscaba una solución a la crisis económica que estaba dando la vuelta a la “curva de Phillips” -con más inflación que paro- y asistía a la crisis política producida por la penosa situación de Richard Nixon en el escándalo Watergate y la de sus “marines” en Vietnam. Todavía la siguiente administración de Gerald Ford, asesorada por Alan Greenspan, no percibiendo que se trataba de una grave crisis, aplicó una política económica de stop and go -claramente electoralista- que ocasionó las tasas más bajas de PIB y productividad así como las más altas de inflación, desempleo y déficit desde la posguerra.
Finalmente, la clase dominante entendió que esta crisis del capitalismo era estructural y necesitaba reformas de fondo; salvar el sistema no sólo con medidas monetaristas típicas de la escuela de Chicago -que se introdujeron durante el siguiente mandato de Jimmy Carter (1.977/1.980)- ni tan siquiera complementada con la experiencia macroeconómica heredada de Keynes, sino mediante una “revolución silenciosa” en la estructura capitalista mundial. Esto suponía sostener una batalla con muchos frentes por todo el mundo y era precisa la colaboración de sus aliados.
Para insertar flexibilidad en el mercado laboral había que modificar enraizadas instituciones que habían creado un clima de confianza y bienestar social, particularmente en la vieja Europa (estabilidad en el empleo, poder sindical en los convenios colectivos, derechos adquiridos) y derribar conceptos asentados en la mentalidad de la gente (contrato indefinido, arraigo en el puesto de trabajo). Era necesario introducir precariedad, deslocalización de empresas e incertidumbre para disponer de un amplio ejercito laboral de reserva. Se consideró también necesaria la privatización del sector industrial en manos del Estado y su gestión por la iniciativa privada con similares objetivos. La instalación de nuevos oligopolios en Servicios y Distribución Comercial arrasaría con los pequeños empresarios, los cuales pasarían a engrosar la reserva laboral. En este ambiente, el sector financiero se constituiría en socio principal de la economía diseñada y, beneficiario del libre movimiento de capitales, podría convertirse en vehículo de expansión de la influencia capitalista.
Con la complicidad de la mayoría de partidos políticos, sindicatos, medios de comunicación y algunos estratos de población que ascenderían en la pirámide social, el proyecto neoliberal resulta vencedor. Los conceptos patrocinados -individualismo y competitividad- forjarán la ideología de los hijos de la antigua clase obrera europea. Una vez más, la infraestructura económica determina la superestructura ideológica e institucional.
Pero el resultado también desata a la bestia humana en su codicia e irresponsabilidad social; en esa libertad todo vale. Las leyes, normas y reglamentos no dan abasto para detener la corrupción que se instala en diferentes niveles del Estado, en la sociedad civil y empresarial, en el “casino” bursátil. El modelo de producción sustentado en el consumismo y el despilfarro presenta su factura medioambiental en Kioto, pero la propia dinámica del sistema le impide contener su comportamiento suicida.
El sistema capitalista continúa desarrollando las fuerzas productivas hasta que éstas entren en contradicción con las relaciones sociales de producción, punto en el que necesitará salir adelante con nuevas doctrinas. Salvo que una catástrofe global lo impida.
(Unidad Cívica por la República, 20 de Octubre de 2.006)

0 Comments:
Post a Comment
<< Home