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Thursday, October 12, 2006

La Globalización del mundo de Keynes

Se cumplen ahora setenta años de la publicación de la “Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero” (1.936), con la que John Maynard Keynes (1.884-1.946) revisó la doctrina imperante en la época, influido por las consecuencias de la Gran Depresión que sufría la economía mundial durante los años 30, y que entre otras calamidades estaba ocasionando 18 millones de parados en EEUU y 6 en Alemania. Ese libro suscitó una controversia con la escuela neoclásica -heredera de la tradición liberal más ortodoxa- que representaban entonces los profesores de Cambridge Alfred Marshall y Arthur Cecil Pigou.

No eran buenos tiempos para el capitalismo y, en contraste, la URSS estaba consiguiendo avances industriales importantes en una Rusia atrasada, pobre, pero sin paro, concentrando los esfuerzos de su gran población en la ejecución de los Planes quinquenales de Stalin. Este había tenido tiempo de instalar su aparato burocrático en el poder -con la muerte de Lenin en 1.924- y venía realizando la purga del bolchevismo.

Con su Teoría General y colocando al “empleo” en el centro de la macroeconomía, Keynes arremetía contra la elaborada adaptación de la Ley de Say que su colega Pigou desarrollaba en la “Teoría del Desempleo”. Según ésta, a largo plazo el aumento de la oferta global de una economía tendería a generar una expansión de la demanda; la economía crecería al ritmo de desarrollo marcado por el progreso técnico y el avance demográfico; las crisis periódicas y el paro involuntario se corregirían a través del mecanismo de la flexibilidad de tipos de interés, precios y salarios. Esto significaba negar la evidencia de la catástrofe económica que vivía el mundo.

Keynes, notable hombre de negocios de la burguesía británica, no discutía las relaciones de clase y la distribución de la propiedad existentes en su tiempo:

“Si tengo que luchar por los intereses de un sector, lucharé por los míos...Puedo estar influido por lo que me parece ser justo y correcto; pero la lucha de clases me encontrará al lado de la burguesía culta.”


Pero también conocemos al Keynes que en 1.920 describe un “doble engaño” en el sistema:

“De un lado, las clases trabajadoras, por ignorancia o debilidad, o porque se veían obligadas, persuadidas o engañadas por la costumbre, el asentimiento general, la autoridad o el orden establecido, aceptaban una situación en la que ellas, junto con la naturaleza y las clases capitalistas, cooperaban en los procesos de producción. De otro lado, las clases capitalistas se arrogaban la posesión de la parte del león y eran teóricamente libres de consumirla.”



Al igual que Marx (1.818-1.883) muchos años antes, Keynes rechazó la Ley de Say que niega la posibilidad de un exceso de producción en relación con la demanda, es decir la crisis y el paro a largo plazo. Pero mientras que el marxismo rechaza como inevitable la expansión indefinida del modo de producción capitalista -apoyándose en su teoría de la tendencia descendente de la tasa de ganancia y el subconsumo respecto a la acumulación de capital-, Keynes admite que el capitalismo produce a corto plazo paro involuntario y crisis de sobreproducción e indica que puede remediarse invocando la intervención del Estado en el control de las magnitudes agregadas -Consumo e Inversión-, aplicando las oportunas medidas de política monetaria y fiscal. Sin necesidad de haber leído a Eduard Bernstein, iniciador del movimiento revisionista de la teoría de Marx a partir de 1.899, Keynes sustenta su opinión de que la eliminación pacífica y gradual de los males del capitalismo es posible.

En el último capítulo de su Teoría General, Keynes dice:

“Creo, por tanto, que una socialización en cierto modo global de la inversión resultará ser el único medio de garantizar un elevado nivel de empleo; esto, sin embargo, no excluye forzosamente cualquier tipo de compromiso y de acuerdo por el cual las autoridades cooperen con la iniciativa privada. Pero, aparte de este caso, no se aboga de manera obvia por un sistema de socialismo de estado que abarque la mayor parte de la vida económica de la comunidad. Para el estado lo más importante no es asumir la propiedad de los medios de producción...Además, las medidas indispensables de socialización pueden ser introducidas gradualmente sin necesidad de romper con las tradiciones de la sociedad.”



Desde una posición ideológica burguesa, pero coincidiendo con el marxismo en algunos síntomas de la enfermedad, Keynes propone reforzar el organismo capitalista con un tratamiento intervencionista del Estado, uno de los aspectos que, el economista marxista Paul M. Sweezy (en 1.942) interpreta como fuerzas que contrarrestan la depresión crónica del capitalismo. Las nuevas industrias, la inversión defectuosa, el crecimiento demográfico, el consumo improductivo y los gastos del Estado son, para Sweezy, esas fuerzas que contrarrestan la tendencia al subconsumo, principio del fin del capitalismo.

Y las guerras absorben enormes cantidades de capital, de todo tipo pero básicamente en los grupos industriales del acero y la fabricación de armamento. La II Guerra Mundial se desató por un conflicto heredado de la solución de la primera Gran Guerra entre potencias industriales y cuya mecha encendería el nacionalsocialismo inoculado entre la proclive clase media alemana sufridora de la Gran Depresión. Keynes, contrario al régimen de indemnizaciones impuesto a Alemania en la paz de Versalles que creó el caldo de cultivo de la segunda guerra, debía estar convencido de la necesidad de conducir el crecimiento del capitalismo por un camino diferente.

A Keynes apenas le da tiempo -pues muere en 1.946- a conocer el fin de esa guerra y el comienzo de la fase expansiva de la economía occidental, ocupada en reconstruir la devastación de Europa ( un “rappell” final del negocio bélico) y armarse frente al enemigo comunista situado tras el telón de acero. Sin embargo, las enseñanzas de Keynes serán fundamentales para la doctrina económica y la orientación consecuente en la Política Económica de los países capitalistas durante algunos años más.

El ciclo se extiende hasta principio de los años 70 en que aparecen los síntomas de agotamiento de la fase expansiva y las críticas a la doctrina keynesiana de los apologistas del neoliberalismo, los cuales sentencian: el bajo nivel de paro presiona los salarios al alza y crea inflación a la vez que perjudica las ganancias empresariales, lo que desincentiva la inversión; con estancamiento e inflación (Estanflación) la receta keynesiana es inviable y la solución es la lucha contra la inflación aunque ocasione paro. La crisis se inicia el año 73, aireada con el inesperado slogan de que había reservas de petróleo para muy poco tiempo. La doctrina del liberalismo económico y su compañero el monetarismo consideran necesario alejar al Estado de la economía para que el mercado actúe libremente y las clases sociales se reorganicen conforme a sus intereses y sus fuerzas. La lucha de clases sin árbitros paternalistas.

Esta doctrina acompañará a Ronald Reagan y Margareth Thatcher al poder de sus gobiernos y a Hayek y Friedman al FMI, desde donde transmiten a sus aliados de occidente las consignas de la globalización.

En los años 80, en los que se comienzan a manifestar los primeros indicios de descomposición de la Unión Soviética y se está produciendo un desarrollo extraordinario de la tecnología en materia de información y telecomunicaciones, se ha conseguido “distraer” a amplias capas de la población occidental -vía nivel de vida y sumisión de sindicatos-, y es cuando se adoptan las primeras medidas para “mejorar” el funcionamiento de los mercados; se llama liberalización, privatización, flexibilización o desregulación a ese “trabajo sucio” (primera generación de reformas, en argot oficial) que en pocos años liquidará el Estado de Bienestar keynesiano y consolidará el poder neoliberal. Pronto llegaría el nuevo orden mundial anunciado por George Bush (senior) y “el fin de la Historia” de Francis Fukuyama.
(Unidad Cívica por la República, 13 de Octubre de 2.006)

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