14 de Abril en Málaga
Dos ciudadanos limpian la lápida que recuerda a D. Manuel Azaña en la plazoleta que, con su nombre, alberga el monolito. Mientras, el viernes santo permite a muchos automovilistas abandonar Málaga por la avenida de Andalucía en busca de una expansión, tras una semana dominada por los capillitas, un día después de aplaudir el paso por la Alameda a la procesión del Cristo de Mena escoltada por el tercer tercio de la Legión, la que tanto ayudó a derrocar la segunda República española. En la esquina, donde unos pocos nostálgicos y algunos más jóvenes -que en total cabríamos en un autobús- despliegan banderas tricolor, me conmueve que una joven detenga su coche y nos anime sacando el brazo con el puño cerrado por la ventanilla.
A la hora de la convocatoria, una docena de banderas republicanas se agitan en el jardín de la glorieta reprochándole a la monárquica que ondea enfrente -en la Comisaría de Policía- no ser más que una réplica de la que llevaba el yugo y las flechas. Al sentir cómo el percal tricolor roza mi rostro, escucho que “Esta bandera, es la verdadera”.
De la ventana de un autobús municipal surge el torso de un entusiasmado funcionario de la empresa de transporte que gritando Viva la República lanza al cielo su puño cerrado. Muchos conductores hacen sonar el claxon de forma intermitente y cómplice y algunos se detienen reclamando los pasquines que se están repartiendo, aunque unos pocos nos hacen con el dedo corazón -de forma estéril- la latina señal de la desaprobación.
En esos momentos observo que estoy en una España distinta a la de los resultados electorales y la estadística oficial y que, de forma espontánea, los españoles dejan de ser súbditos y se convierten en ciudadanos tan sólo por coincidir con unos cuantos que ponen en cuestión el régimen heredado del franquismo. Es hora de despertar esos corazones adormecidos por este clima de falsa opulencia que nos propone el actual régimen para el exclusivo beneficio de la oligarquía; una sociedad individualista, consumista y competitiva que sólo persigue la explotación y alienación de la población.
Dos ciudadanos limpian la lápida que recuerda a D. Manuel Azaña en la plazoleta que, con su nombre, alberga el monolito. Mientras, el viernes santo permite a muchos automovilistas abandonar Málaga por la avenida de Andalucía en busca de una expansión, tras una semana dominada por los capillitas, un día después de aplaudir el paso por la Alameda a la procesión del Cristo de Mena escoltada por el tercer tercio de la Legión, la que tanto ayudó a derrocar la segunda República española. En la esquina, donde unos pocos nostálgicos y algunos más jóvenes -que en total cabríamos en un autobús- despliegan banderas tricolor, me conmueve que una joven detenga su coche y nos anime sacando el brazo con el puño cerrado por la ventanilla.
A la hora de la convocatoria, una docena de banderas republicanas se agitan en el jardín de la glorieta reprochándole a la monárquica que ondea enfrente -en la Comisaría de Policía- no ser más que una réplica de la que llevaba el yugo y las flechas. Al sentir cómo el percal tricolor roza mi rostro, escucho que “Esta bandera, es la verdadera”.
De la ventana de un autobús municipal surge el torso de un entusiasmado funcionario de la empresa de transporte que gritando Viva la República lanza al cielo su puño cerrado. Muchos conductores hacen sonar el claxon de forma intermitente y cómplice y algunos se detienen reclamando los pasquines que se están repartiendo, aunque unos pocos nos hacen con el dedo corazón -de forma estéril- la latina señal de la desaprobación.
En esos momentos observo que estoy en una España distinta a la de los resultados electorales y la estadística oficial y que, de forma espontánea, los españoles dejan de ser súbditos y se convierten en ciudadanos tan sólo por coincidir con unos cuantos que ponen en cuestión el régimen heredado del franquismo. Es hora de despertar esos corazones adormecidos por este clima de falsa opulencia que nos propone el actual régimen para el exclusivo beneficio de la oligarquía; una sociedad individualista, consumista y competitiva que sólo persigue la explotación y alienación de la población.

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