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Wednesday, April 12, 2006

Hacia una opulenta mediocridad

Algunos años después de la muerte de Franco, como muchos españoles de mi generación, creí haberme librado por fin del yugo del déspota y vislumbraba el futuro de nuestra sociedad con esperanzadoras expectativas. El recuerdo sórdido de los años de juventud castrada por frailes y reprimida por funcionarios del Movimiento en aquél cuartel nacional se iba borrando en la memoria. Muerto el perro, se acabó la rabia. Los nuevos derechos darían paso a la soñada libertad y, por la senda de la Constitución, todos juntos avanzaríamos hacia la felicidad.

No era consciente de que la cambiante situación sustituía algunos peones por otros para que el Poder permaneciera donde siempre ha estado -en los vetustos edificios de la calle de Alcalá y en los modernos rascacielos de la Castellana-, aunque en la Tele viéramos las primeras manifestaciones de libertad y erotismo, en el trabajo conociéramos al sindicalista horizontal, en las fiestas se fumaran “porros” e iniciaran su comercio los despachos de divorcios dándote la oportunidad de sustituir a la “legítima” por otra de la que, naturalmente, también acabarías separándote.

A este pueblo, inculto y hambriento de libertad, exfranquistas y “progres” barbudos tendrían que gobernarlo con cautela para no repetir escenas de la Historia en que unos se lían a tiros con otros, los otros queman conventos y hay que imponer el orden con la Acorazada Brunete. Para desactivar esa contingencia, no se les ocurrió nada mejor que sosegar los espíritus con el bálsamo de la economía y -la geografía se había obstinado en situarnos del lado capitalista- así vimos nacer los Pactos de la Moncloa.

Como aquellos estudiantes que, entre asamblea y asamblea, habíamos disfrutado con el verbo de Fuentes Quintana en el campus de Somosaguas, nutrido nuestro caletre con la savia impregnada de keynesianismo de Luis Angel Rojo, y saboreado unos cuantos libros del Fondo de Cultura Económica y de la librería Ruedo Ibérico en la rue Latran de Paris, yo no podía ni imaginar los derroteros que tomaba la cosa. La utopía se desvanecería algún tiempo después, de la mano de aquellos con quienes aprendí a soñarla.

Divide y vencerás es vieja sentencia cuya autoría pueden compartir también los padres de la economía liberal clásica y los jingoes del neoliberalismo, y no dudaron en aplicarla sobre el terreno español, propicio entonces a veleidades socialistas. Recuerdo la estampa de Felipe González al finalizar su primera visita al emperador de los EEUU, donde debieron leerle la cartilla. Y el PSOE en el gobierno debió pensar que más vale pájaro en mano y que quien a buen árbol se arrima, y se decidió por conducir las ilusiones de muchos españolitos hacia la integración en Europa, OTAN incluida, a ver si se nos contagiaba algo.

Maricón el último, el trabajo daba para comer, pagar la renta del piso, comprar la Tele en color, poner gasofa al Renault y darse algún lujo más. Al fin y al cabo habíamos heredado del Fuero de los españoles la estabilidad en el puesto de trabajo y no te echaban a la calle. A otros, esto les pareció poco seguro y buscaron, mediante oposición o arrimados al partido político, su pezón en los Presupuestos Generales del Estado, en los de la Comunidad Autónoma o en la Corporación local. Parecían adivinar las reformas que se aproximaban, la flexibilidad laboral y los despidos de la reconversión industrial.

Pero el sueño de los más hábiles era integrarse en la Eurocracia. La vieja Europa social, adelantada de la economía del bienestar conseguida con el esfuerzo de varias generaciones, ofrecía ubérrimos Presupuestos que podían ser aprovechados. Y así, los más conspicuos apologistas de la economía liberal de mercado, los talibanes del laissez faire, iniciativa privada etc. se enrolaron en la creciente burocracia europea no fuera a ser que administraran su riqueza otros personajes más proclives a dilapidarla en gastos sociales superfluos que a desarrollar las condiciones necesarias para los mercaderes.

La expresión globalización de la economía fue zarandeada en las pantallas de la Tele y páginas de diarios como coartada del asesinato que se iba a cometer contra el Estado del Bienestar. Y -política es conspiración- nuestros líderes fueron cómplices de la primera reconversión industrial. Dirigentes socialistas que habían descubierto el confort del coche oficial con matrícula P.M.M., sindicalistas con el despacho más cerca de la cervecería Santa Bárbara que de las factorías de Villaverde, militantes que montaron su chiringuito al reclamo de que este país era donde más dinero se ganaba en menos tiempo, aunque pagando algún peaje, y con ellos simpatizantes complacientes que los fines de semana cambiaban su blazier de faena por un jersey y pantalones de pana para bailar sevillanas o escuchar las viejas canciones de Leonard Cohen en el salón decorado con posters del Ché. A la huelga general que les montaron hombres como Nicolás Redondo y Julio Anguita, Felipe González contestó con que tomaba nota y el socialismo español perdió la credibilidad de honradez que había heredado de D. Pablo Iglesias.

La derecha, rencorosa y siempre atenta a cualquier oportunidad para la revancha, encontró en la COPE el altavoz para airear escándalos. Tuvo material suficiente con los casos Filesa, Guerra, Rubio y Roldán para que los españoles prestaran su atención a la cadena de radio de los obispos católicos -aquellos que pasearon al Caudillo bajo palio- y llegaran a la conclusión de que socialismo era sinónimo de corrupción. Esta debió extenderse por muchos rincones pues yo mismo fui testigo de la compra de voluntades de los miembros del comité de empresa por parte de la compañía en que trabajaba para aligerar los trámites de un expediente de regulación de empleo. Y ¿que ibas a hacer? sin vocación de Juana de Arco. Asquearte y maldecir la hora en que decidiste poner tu voto en la urna.

¿Eramos cómplices? Un reciente comunicado del terrorismo islámico justifica los atentados sobre la población civil de Occidente con el argumento de que la misma es cómplice del sistema por prestarse a darle el poder en las urnas. No entienden quizá que la democracia es una ficción, manipulada, conducida por poderes mediáticos que sirven a los intereses de la oligarquía inoculando en sus súbditos los virus del individualismo, del consumismo y de la competitividad.

Napoleón decía que no hay que distraer al enemigo cuando se está equivocando, pero no sé si dijo que el mejor enemigo es el distraído. El capitalismo sabe que su mejor estrategia de defensa es distraer al potencial oponente, un pueblo organizado, y utiliza tácticas de distracción haciendo aflorar el más profundo egoísmo de la condición humana en la búsqueda de la subsistencia, tara que heredó de su condición animal. En un estadio primitivo de la sociedad pudiera estar justificado ese egoísmo individual para sobrevivir, pero no en la sociedad actual. El individuo que compite con sus semejantes para conseguir dinero -consumo-, distrae su atención sobre el verdadero problema y el verdadero enemigo. Cuanto mayor sea el espíritu competitivo de los individuos menos ocasión tendrán para organizarse, cerrando así el círculo vicioso.

Y Aznar llegó al poder para que éste país se desprendiera por fin de viejos sentimientos de gazmoña solidaridad socialista, enterrase los escritos de sus precursores y encarase el futuro con renovado espíritu liberal. Las condiciones establecidas por la ley de la oferta y la demanda eran propicias para rematar la faena.

Como el urbanismo obliga a nuestros ciudadanos a largos desplazamientos hasta el lugar de trabajo que prolongan su jornada laboral, el individuo se aísla en su vehículo mientras lucha con el tráfico. Existe transporte colectivo, pero allí no se mirarán la cara los unos a los otros pues a esas horas deben competir por un asiento, por salir el primero del vagón, por alcanzar antes las escaleras mecánicas. El caótico sistema de empleo que coordina el INEM supone un delirante despilfarro -el ciudadano de Móstoles acudirá a Coslada mientras el de Coslada viaja a Móstoles para desarrollar una tarea similar-, si bien es un capítulo importante de la economía de la automoción, el combustible y la construcción de carreteras y ferrocarriles.

Tras la privatización de los restos de un sector industrial propiedad del Estado -el viejo INI montado por el franquista Suances-, el modelo de producción que perseguía la productividad -intensivo en capital aunque con amplias plantillas-, evoluciona hacia el sistema de subcontratas que, fracturando el proceso productivo, estimula la competencia en los niveles inferiores de la cadena. Ahora las grandes multinacionales obtienen de un mercado global lo que antes confeccionaban en casa, evitando una indeseable aglomeración en sus centros de trabajo gracias al desarrollo de tecnología de la información y logística. Así surgen empresas dependientes menores que a su vez extienden el procedimiento hasta el último eslabón que conocemos, el nuevo lumpen nacional, el autónomo, alternativa a la contratación de trabajo temporal y a tiempo parcial.

El sector servicios también sabe aprovechar el clima de neoliberalismo; los servicios que debía ofrecer el Estado a sus súbditos merman sus prestaciones en capítulos tales como seguridad personal y educación. El despliegue de compañías privadas de seguratas -impulsado por la transferencia de recursos policiales a la escolta de autoridades- y la proliferación de centros de enseñanza que diploman con master la ignorancia de nuestros cachorros, demuestran la renuncia del Estado en favor de la iniciativa privada sobre asuntos de difícil justificación a la luz de nuestra Constitución. La sanidad, ya caerá. Completa el panorama la concentración de la distribución en manos de la multinacional francesa Carrefour, la conquista del sistema financiero por Emilio Botín y el ascenso de oportunistas como Villalonga -antiguo compañero de pupitre del Presidente- que se va de rositas a Miami con las plusvalías del atraco cometido sobre las acciones de Terra, símbolo emblemático del despegue de Telefónica en el sector bursátil de las nuevas tecnologías.

Y todo esto se produce mientras se desata una orgía consumista que eleva los ratios de endeudamiento de las familias hasta límites preocupantes, según criterio del Banco de España. Una población cada vez con más coches, teléfonos móviles, home cinemas y televisores de plasma con que ver el “Furbo” y “Salsa rosa” pero que también contempla cada día como se cometen más agresiones al diccionario de la lengua, al medio ambiente e incluso a la “parienta” y tiene por modelo a los casposos personajes que llenan los espacios de la Tele. La agresividad consecuente del modelo competitivo de sociedad dejará su secuela en la juventud menos preparada intelectualmente y en el colectivo de inmigrantes desocupados, ocasionando el incremento de la delincuencia.

Se perfilan dos Españas; la satisfecha con el nuevo régimen, los ricos propietarios, dirigentes, muchos funcionarios y currantes ocupados y bastantes pensionistas con el aguinaldo del IMSERSO que aplauden a Reyes, Príncipes e Infantas en sus campechanas actuaciones, y otra España que se abstiene en las consultas electorales, protesta a un gobierno que apoya la guerra en Irak, se interesa por estudiar las causas del terrorismo o se inquieta ante la catástrofe ecológica que nos depara esta forma de vida.

Al interés de los grandes propietarios por mantener el statu quo, se han sumado numerosos españoles de la pequeña burguesía que desde puestos directivos son su instrumento en el terreno económico, político, laboral y mediático a cambio de una nómina generosa, la propiedad del chalet y una cartera de valores. La complicidad con esta situación de muchos trabajadores activos y algunos pensionistas bien remunerados se manifiesta en su ostentación consumista y su insensibilidad frente al parado, el subempleado de contrato basura o la gran masa de jubilados más desfavorecidos. Acaso sufran las consecuencias en la generación de hijos con estudios y sin trabajo, refugiados en la casa paterna más allá de la treintena a causa del precio de la vivienda, que derrochan sus energías evadiéndose en el botellón y pasando de política.

Desde que el PSOE ha vuelto al gobierno, por un buen puñado de votos alarmados con el daño que ocasionó aquel 11 de Marzo el servilismo de Aznar a los ultras de Bush, la España más reaccionaria no dará tregua al talante de Zapatero en cualquier iniciativa, se trate de ETA, estatuto catalán, matrimonios homosexuales o células madre. En un mundo en vísperas de guerra entre Occidente e Islám, la propuesta Alianza de civilizaciones puede ser una esperanza baldía si los ciudadanos, distraídos en resolver asuntos domésticos, soberbios, desarmados de crítica y huérfanos de líderes honestos, continúan por el sendero que conduce hacia una opulenta mediocridad.
(Unidad Cívica por la República, 27 de Febrero 2.006)

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