Tánger
Mustafá me aborda durante un paseo a la medina de Tánger, en el Zoco Grande, a la puerta de un palacete que hoy es la sede de un organismo oficial, mientras indago si es el mismo donde hace cien años estuvo la legación alemana. Allí, el último día de Marzo de 1.905 el kaiser Guillermo II, que había desembarcado de su crucero por el Mediterráneo, pronunció unas palabras al cuerpo diplomático acreditado en la ciudad, provocando la celebración de la conferencia internacional de Algeciras al mostrar su renuencia a las intenciones francesas de colonizar el reino de Marruecos.
La caminata y una pegajosa tarde de Mayo proponen un descanso junto a un vaso de té que trato de buscar bajo la insistente compañía del joven cuya previsible intención es conducirme al típico Bazar y obtener de mi captura su comisión por una eventual compra. Al desparpajo de su español marroquí suma la admiración por mi nacionalidad y la cortés invitación a té y conversación en una tienda próxima, a la que declino introduciéndome apresurada y furtivamente en un cafetín.
Reparadas las fuerzas, en la calle tropiezo de nuevo con Mustafá aliado con otro musulmán de nombre Rachid a los cuales no puedo eludir a causa de una mezcla de vieja educación española con alguna timidez que impide a los progresistas de izquierda desairar a pueblos del tercer mundo. Además, el ascenso a la kasba es la única escapatoria y un oculto deseo de poseer un maletín de cuero que sustituya la vieja mochila rinde mi suspicacia, por lo que acepto adentrarme, cual nazareno escoltado, a través de las inquietantes callejas de la medina.
Portador del objeto de mis deseos después de una intensa negociación en la que sospecho haber pagado algo más de lo que mi oponente pensaba conseguir, tiene lugar la despedida donde renuncio a nuevas ofertas, esta vez de productos de herboristería, y en la que tomo conocimiento del interés de estos tangerinos por el encuentro de fútbol entre Real Madrid y Sevilla que se celebrará una hora más tarde. Tras una ducha en el hotel, el Paseo marítimo que bordea la espléndida playa -conocido de antiguo como la Avenida de España- ofrece un ambiente cosmopolita de bares y discotecas al estilo europeo donde tomar una cerveza con magníficas tapas y sufrir el castigo del televisor que transmite en lengua árabe el dichoso partido de fútbol.
A la mañana pretendo visitar El Fondaq de Ain Yedida descrito minuciosamente por Galdós en uno de sus Episodios Nacionales cuando las tropas de O`Donnell y Muley Abbás combatieron en la primera guerra entre españoles y moros, en Wad-Ras allá por 1.860.
Al observarme a la puerta del hotel enganchado a mi nuevo maletín, Abú el taxista detiene ante mí su Mercedes de veinticinco años de edad. Establecido por mi parte el destino del tour, comienza la obligada discusión respecto a su precio sobre el cual disentimos inicialmente en 150 dirhams (15 euros) lo que incita a nuestro Abú a atraer el respaldo de la autoridad llamando a un policía que dirige el tráfico en el cruce. Como sea que la intervención del ecléctico agente de la circulación no consigue disipar la cuestión, se nos aproxima un probo comerciante hispano parlante de las inmediaciones que en encomiable labor de arbitraje nos permite cerrar el trato al precio de 300 dirhams.
Siendo preceptivo detenerse en un puesto urbano de la policía para consignar el recorrido del viaje, al conductor y su pasaje, alcanzo a descubrir que nuestro Abú anda errado sobre el destino solicitado y que pretende conducirme hacia Ceuta en lugar de Tetuán. Mis indicaciones al funcionario de policía mostrándole el plano incorporado en un libro de mi propiedad despejan el equívoco del taxista y, por fin, iniciamos la andadura.
Nos alejamos de Tánger por una carretera en obras que cruza la vía del ferrocarril a la nueva estación, dejando a un lado bloques de vivienda en construcción y a nuestra derecha un polígono industrial en el que destacan grandes establecimientos españoles y franceses de aparatos sanitarios; al fondo se divisan los montes de Wad-Ras por los cuales efectuó sus cabalgadas Ahmed ben Mohamed Raisuni ocasionando tantos disgustos al naciente Protectorado español en la segunda década del pasado siglo.
A la izquierda de la carretera, al culminar la cuesta, hay un corto camino que adentrándose en frondoso bosque se detiene en una antigua construcción de dos plantas a cuya puerta ondea la roja bandera del reino de Marruecos. En su interior un genuino patio español enclaustra limoneros. Un amable funcionario del establecimiento se dedica a atender a las gentes de tan recóndito lugar en sus necesidades sanitarias y me comenta que también allí resuelven gestiones administrativas y vigilan la riqueza forestal del entorno. A mis preguntas sobre el primitivo Fondaq me señala el lugar donde estuvo -algo más abajo en dirección a Tánger- y me informa que fue derruido llevando sus piedras para otras construcciones. Una última cuestión que le propongo, distrayéndole de su trabajo, es acerca del histórico acebuche bajo cuyas ramas firmaron el armisticio O`Donnell y Muley Abbás el 25 de Marzo de 1.860 y asimismo el Alto Comisario Gómez Jordana selló un pacto con el Raisuni el 20 de Mayo de 1.916; me contesta que está a unos pocos kilómetros en dirección a Tetuán y que efectivamente continúa allí.
Se hace tarde pues debo regresar a Tánger a tomar el ferry y no puedo dedicar más tiempo en localizarlo, pero me voy satisfecho con la promesa de mi nuevo amigo marroquí de enviarme una fotografía reciente del árbol de Beni Salem.
Mustafá me aborda durante un paseo a la medina de Tánger, en el Zoco Grande, a la puerta de un palacete que hoy es la sede de un organismo oficial, mientras indago si es el mismo donde hace cien años estuvo la legación alemana. Allí, el último día de Marzo de 1.905 el kaiser Guillermo II, que había desembarcado de su crucero por el Mediterráneo, pronunció unas palabras al cuerpo diplomático acreditado en la ciudad, provocando la celebración de la conferencia internacional de Algeciras al mostrar su renuencia a las intenciones francesas de colonizar el reino de Marruecos.
La caminata y una pegajosa tarde de Mayo proponen un descanso junto a un vaso de té que trato de buscar bajo la insistente compañía del joven cuya previsible intención es conducirme al típico Bazar y obtener de mi captura su comisión por una eventual compra. Al desparpajo de su español marroquí suma la admiración por mi nacionalidad y la cortés invitación a té y conversación en una tienda próxima, a la que declino introduciéndome apresurada y furtivamente en un cafetín.
Reparadas las fuerzas, en la calle tropiezo de nuevo con Mustafá aliado con otro musulmán de nombre Rachid a los cuales no puedo eludir a causa de una mezcla de vieja educación española con alguna timidez que impide a los progresistas de izquierda desairar a pueblos del tercer mundo. Además, el ascenso a la kasba es la única escapatoria y un oculto deseo de poseer un maletín de cuero que sustituya la vieja mochila rinde mi suspicacia, por lo que acepto adentrarme, cual nazareno escoltado, a través de las inquietantes callejas de la medina.
Portador del objeto de mis deseos después de una intensa negociación en la que sospecho haber pagado algo más de lo que mi oponente pensaba conseguir, tiene lugar la despedida donde renuncio a nuevas ofertas, esta vez de productos de herboristería, y en la que tomo conocimiento del interés de estos tangerinos por el encuentro de fútbol entre Real Madrid y Sevilla que se celebrará una hora más tarde. Tras una ducha en el hotel, el Paseo marítimo que bordea la espléndida playa -conocido de antiguo como la Avenida de España- ofrece un ambiente cosmopolita de bares y discotecas al estilo europeo donde tomar una cerveza con magníficas tapas y sufrir el castigo del televisor que transmite en lengua árabe el dichoso partido de fútbol.
A la mañana pretendo visitar El Fondaq de Ain Yedida descrito minuciosamente por Galdós en uno de sus Episodios Nacionales cuando las tropas de O`Donnell y Muley Abbás combatieron en la primera guerra entre españoles y moros, en Wad-Ras allá por 1.860.
Al observarme a la puerta del hotel enganchado a mi nuevo maletín, Abú el taxista detiene ante mí su Mercedes de veinticinco años de edad. Establecido por mi parte el destino del tour, comienza la obligada discusión respecto a su precio sobre el cual disentimos inicialmente en 150 dirhams (15 euros) lo que incita a nuestro Abú a atraer el respaldo de la autoridad llamando a un policía que dirige el tráfico en el cruce. Como sea que la intervención del ecléctico agente de la circulación no consigue disipar la cuestión, se nos aproxima un probo comerciante hispano parlante de las inmediaciones que en encomiable labor de arbitraje nos permite cerrar el trato al precio de 300 dirhams.
Siendo preceptivo detenerse en un puesto urbano de la policía para consignar el recorrido del viaje, al conductor y su pasaje, alcanzo a descubrir que nuestro Abú anda errado sobre el destino solicitado y que pretende conducirme hacia Ceuta en lugar de Tetuán. Mis indicaciones al funcionario de policía mostrándole el plano incorporado en un libro de mi propiedad despejan el equívoco del taxista y, por fin, iniciamos la andadura.
Nos alejamos de Tánger por una carretera en obras que cruza la vía del ferrocarril a la nueva estación, dejando a un lado bloques de vivienda en construcción y a nuestra derecha un polígono industrial en el que destacan grandes establecimientos españoles y franceses de aparatos sanitarios; al fondo se divisan los montes de Wad-Ras por los cuales efectuó sus cabalgadas Ahmed ben Mohamed Raisuni ocasionando tantos disgustos al naciente Protectorado español en la segunda década del pasado siglo.
A la izquierda de la carretera, al culminar la cuesta, hay un corto camino que adentrándose en frondoso bosque se detiene en una antigua construcción de dos plantas a cuya puerta ondea la roja bandera del reino de Marruecos. En su interior un genuino patio español enclaustra limoneros. Un amable funcionario del establecimiento se dedica a atender a las gentes de tan recóndito lugar en sus necesidades sanitarias y me comenta que también allí resuelven gestiones administrativas y vigilan la riqueza forestal del entorno. A mis preguntas sobre el primitivo Fondaq me señala el lugar donde estuvo -algo más abajo en dirección a Tánger- y me informa que fue derruido llevando sus piedras para otras construcciones. Una última cuestión que le propongo, distrayéndole de su trabajo, es acerca del histórico acebuche bajo cuyas ramas firmaron el armisticio O`Donnell y Muley Abbás el 25 de Marzo de 1.860 y asimismo el Alto Comisario Gómez Jordana selló un pacto con el Raisuni el 20 de Mayo de 1.916; me contesta que está a unos pocos kilómetros en dirección a Tetuán y que efectivamente continúa allí.
Se hace tarde pues debo regresar a Tánger a tomar el ferry y no puedo dedicar más tiempo en localizarlo, pero me voy satisfecho con la promesa de mi nuevo amigo marroquí de enviarme una fotografía reciente del árbol de Beni Salem.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home