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Wednesday, October 03, 2007







El Socialismo del Siglo XXI. Economía de Equivalencia

Algunos países en América latina están desarrollando un proceso de transición hacia el Socialismo sobre la base de una Economía de Equivalencia, que parece conveniente divulgar aunque sea con el breve esbozo que permite éste artículo.

El objeto de la Economía es la satisfacción de las necesidades, cuyo sujeto es la humanidad. Por el contrario, la economía de Mercado capitalista tiene por objetivo la obtención del máximo beneficio y la apropiación privada del mismo, donde el sujeto activo es la clase dominante que dispone y organiza los medios de producción y el resto de la población es mero sujeto pasivo. El instrumento del que se sirve es el sistema de precios que se configuran por la acción de una denominada competencia entre los distintos oferentes y demandantes en el Mercado, al que se confía la asignación de los recursos económicos.

La Economía considera tres factores de la producción; Tierra, Trabajo y Capital. Durante la jornada laboral, el trabajador que vende su fuerza de trabajo para obtener los bienes de subsistencia, utiliza unos medios de producción; edificios, instalaciones, maquinaria, útiles y herramientas, componentes y materias primas. Esos medios de producción, que denominamos Capital Constante, son trabajo acumulado porque fueron construidos o fabricados mediante trabajo con materiales que fueron producidos asimismo por otros trabajadores. Salvo la Tierra en su estado natural, todo lo que observamos a nuestro alrededor es producto del trabajo.

Supongamos que, con esos medios de producción, el trabajador realiza en una jornada una unidad de producto. Además de las 8 horas que ha dedicado ese trabajador, el producto contiene una parte alícuota del trabajo acumulado en los medios de producción. Estos medios se desgastan (deprecian) a lo largo de su vida útil y podemos calcular la cantidad de ese trabajo que incorporan a aquél producto. Ese cálculo se realiza con el estudio de la amortización del medio de producción con el fin de proveer su sustitución. El proceso de depreciación de un medio de producción puede verse acelerado a causa de su obsolescencia técnica.

La acción de producir exige que sus factores se reproduzcan. El trabajador necesita recibir medios de subsistencia para vivir y el Capital Constante debe ser reconstruido, para no agotar las existencias necesarias para el futuro.

Supongamos que la cesta diaria básica de una persona está compuesta por 60 artículos y que cada uno de sus componentes ha exigido seis minutos de trabajo. El conjunto de los bienes que necesita para subsistir suponen 360 minutos, es decir 6 horas de trabajo. Igualmente, si una máquina costó 10.000 horas construirla, las mismas se gastarán en los productos que fabrique durante su vida útil, por lo que serán necesarias otras tantas horas para, al menos, sustituirla.

Consideremos lo que sucede en dos países diferentes, uno representativo del mundo desarrollado (por ejemplo de Europa) con grandes cantidades de Capital acumulado y un aceptable nivel de vida (consumo) y otro país menos desarrollado (X). Generalmente, los productos de los países más desarrollados tienen un alto contenido tecnológico frente al carácter primario de la producción en los restantes países. Siguiendo el ejemplo que hemos esbozado, veamos la formación del valor de dos productos (A y B respectivamente) que se producen en cada país durante la jornada laboral de un hombre.

El producto A va al Mercado global y, supongamos que se vende a un precio de 100 €. El trabajador recibe un salario de, digamos, 60 € y el empresario dedica 20 € a los restantes gastos de explotación y a la amortización de los medios de producción, obteniendo 20 € de beneficio. Convengamos que la depreciación de Capital Constante imputable a esa unidad de producto son 2 horas de trabajo y que, por lo tanto, el producto A encierra 10 horas. Este afortunado trabajador va también al Mercado y con sus 60 € obtiene la cesta de la compra diaria que le permite un cierto nivel de vida digna. Ha cambiado 8 horas de su trabajo por 6 horas de productos de subsistencia.

El producto B va también al Mercado y comprobamos que se vende a un precio muy inferior, por ejemplo 10 €. Las explicaciones del Mercado pueden ser muy diversas; exceso de oferta, déficit de demanda, falta de productividad. El caso es que el trabajador recibe un salario de 6 € y el capitalista dedica sólo 1 € a los restantes gastos de explotación y a la amortización del Capital (porque la empresa está menos capitalizada), obteniendo 3 € de beneficio. Convengamos que la depreciación del Capital Constante supone 1 hora de trabajo, por lo que el producto B encierra 9 horas. El trabajador va al mercado con sus 6 € y quiere obtener la cesta de la compra pero no le alcanza. Sus 8 horas de trabajo consiguen apenas una hora de producto.

En la cabecera de éste artículo se representa gráficamente lo que sucede con el valor de los productos A y B expresado en términos de horas-trabajo (izquierda)y teniendo en cuenta la valoración a precio de Mercado (derecha). Vemos cómo el país europeo concede a su asalariado una vida más o menos digna, reproduce su capital y obtiene una Plusvalía (por unidad de producto) de 20 €, mientras que en el país X la clase trabajadora apenas consigue subsistir, el capitalista reproduce escasamente su capital y obtiene una Plusvalía (por unidad de producto) de 3 €.

Por consiguiente, la diferencia que ocasiona el valor de Mercado con los miles de millones de productos que se fabrican cada día en el mundo, perpetuará el proceso de descapitalización del país menos desarrollado. ¿Cuál es la causa? ¿Es justo?

La doctrina liberal que viene siendo esgrimida hasta el momento presente, considera justa la apropiación privada de esa Plusvalía en base a una serie de argumentos. Por ejemplo John Locke sostuvo que el ser humano vive en sociedad para proteger su Propiedad frente al estado de naturaleza que significaba la anarquía y la lucha de todos contra todos. Entendía la Propiedad individual como un conjunto de derechos; preservar la propia vida, disponer de libertad y defender sus bienes. Adam Smith consideró que la apropiación del excedente que obtenía la burguesía industrial en la Inglaterra del XVIII, era el origen de la acumulación de Capital y consecuentemente de la Riqueza que las naciones conseguían al aumentar el número de industrias. Posteriormente, en el XIX, surgen nuevas explicaciones para justificar la recompensa al Capital. Senior, destacando la abstinencia que le supone al capitalista renunciar al gasto presente, venía a justificar los beneficios de un Rothschild por el sacrificio que hacía al realizar sus inversiones. Alfred Marshall, recogiendo teorías fundamentadas en el utilitarismo, justificaba la recompensa del Capital en razón a la desutilidad que le supone a su propietario invertirlo en una actividad y tener que esperar el fruto. Eugene Böhm Bawerk se basa en el carácter subjetivo del valor y deduce que los seres humanos estimamos los bienes presentes más que los futuros y que por esa razón hay que primar a quienes prescinden hoy de esos bienes y los aplican a la inversión. Finalmente, en el XX, Friedrich Hayek (de la escuela austriaca de Von Mises) arremete contra la experiencia histórica de la revolución soviética y declara que sin el incentivo de apropiación que permite la propiedad privada, el individuo no desarrollará su creatividad que es el motor del desarrollo científico y tecnológico. El mejor discípulo de Hayek, Milton Friedman, ha exaltado al máximo la concepción neoliberal del capitalismo de nuestros días.

Los apologistas de la economía capitalista atribuyen al mecanismo de precios del Mercado las virtudes que explican el desarrollo económico. El suyo, claro. El de la clase que está acumulando riquezas gigantescas frente a una inmensa mayoría de la humanidad empobrecida, sometida a su designio por la fuerza de su poder económico, mediático e incluso militar. Toda esta ideología desconfía de la capacidad de la humanidad para organizar democráticamente la producción y la distribución con criterios equitativos. No se rige por la Economía sino por la Crematística, con las consecuencias inevitables derivadas de su insaciabilidad.

La Economía de la Equivalencia que propugna el Socialismo del Siglo XXI, propone que la Sociedad, democráticamente organizada, decida el volumen y el destino de la producción, es decir el volumen de trabajo y su reparto (por ejemplo la reducción de la jornada de trabajo para la eliminación del paro), y la cantidad del producto que se dedicará hacia la inversión y para el consumo. Propone que la Sociedad termine con el despilfarro antinatural y las enormes desigualdades de la economía de Mercado, donde una hora de trabajo de un hombre se retribuye cien mil veces más que la de otros muchos millones de seres humanos.

La Economía de la Equivalencia quiere llegar a prescindir del perverso precio de Mercado, aplicando en las transacciones el valor de los productos en términos de trabajo. De ese modo, los productos se intercambiarían atendiendo a su verdadero valor: el trabajo que encierran (en nuestro anterior ejemplo, el producto A vale 10 horas de trabajo y el B 9 horas, por lo cual se deben cambiar en la proporción A= 10/9 B). Por otra parte la distribución del valor sería equitativa (8 horas corresponden al trabajador quien podrá adquirir los medios de subsistencia equivalentes en valor, y las restantes horas se dedicarán a la Inversión necesaria para reconstruir el Capital). Así, en el caso del producto A nuestro trabajador, por sus 8 horas de trabajo recibirá justamente la cesta de la compra equivalente en trabajo, es decir 8 horas de productos, mientras que el valor restante se dedicará a la Inversión. Consecuentemente, el país X podrá acceder a la producción tecnificada del extranjero en unas condiciones de equivalencia que le permitirá salir del subdesarrollo. El Socialismo del Siglo XXI pretende que la humanidad erradique la explotación y opte por la colaboración entre los distintos pueblos.

(Unidad Cívica por la República, 2 de Octubre de 2.007)

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